Hay pueblos que durante 364 días del año viven en calma absoluta, con apenas un puñado de vecinos cruzándose en la plaza. Y hay un solo día, o un fin de semana, en que esas mismas calles se llenan hasta reventar, multiplicando su población por diez, veinte o incluso cien veces, gracias a un festival que convierte la tranquilidad habitual en el motivo exacto por el que vale la pena estar ahí justo esos días.
Estos cinco pueblos demuestran que el tamaño no determina la intensidad de una fiesta.
1. Un pueblo del Pirineo aragonés, España

En plena Hoya de Huesca, un municipio de apenas quince habitantes recibe cada año a unos tres mil espectadores durante el Festival Títeres en la Montaña, un evento que en apenas cinco ediciones pasó de ser una curiosidad local a un referente de las artes escénicas rurales.
Ver ese pueblo, normalmente silencioso, desbordado de público un solo fin de semana es de las experiencias más contrastantes del turismo rural español.
2. Isla de San Simón, España

En plena ría de Vigo, esta pequeña isla acoge el festival Sinsal, cuyo cartel se mantiene en secreto hasta que los propios asistentes desembarcan en ella.
Con capacidad limitada a ochocientas personas por día, la isla, habitualmente deshabitada, se transforma por completo durante el evento en un escenario de arte contemporáneo y música que agota entradas cada edición.
3. Heimaey, Islas Vestman (Islandia)

Esta isla volcánica, con apenas cuatro mil quinientos habitantes, recibe cada agosto a más de dieciséis mil personas durante el Þjóðhátíð, el festival más antiguo y multitudinario de Islandia, celebrado ininterrumpidamente desde el siglo XIX.
Fogatas gigantes en la ladera del volcán y noches de música transforman esta remota isla pesquera en el epicentro cultural del país durante un solo fin de semana.
4. Woodford, Australia

Este diminuto pueblo de Queensland, con apenas unos cientos de residentes permanentes, recibe cada fin de año a más de cien mil personas durante el Woodford Folk Festival, seis días de música, arte y talleres que transforman completamente sus campos habitualmente vacíos.
Es uno de los festivales folclóricos más grandes del hemisferio sur, y ocurre exactamente donde menos se esperaría.
5. Nuévalos, España

Este municipio zaragozano, con apenas trescientos cincuenta habitantes en invierno, multiplica su población por treinta durante el verano, llegando a más de once mil personas atraídas por el Parque Natural del Monasterio de Piedra.
Es uno de los ejemplos más extremos de España de cómo un solo atractivo puede transformar completamente la escala de un pueblo diminuto.


