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martes, diciembre 5, 2023
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    El destino tres veces patrimonio de la UNESCO donde los cuentos cobran vida

    Al entrar en Goslar (Alemania) por la puerta Rosentor, dos esculturas en bronce dan la bienvenida. Son rechonchas, entrañables y responden a Hombre con bastón y Mujer con Paraguas, obra inequívoca de Fernando Botero.

    Quizás sea una artística forma de indicarle al recién llegado que, dado el empedrado de las calles, no estaría de más echar mano de un bastón. Al igual que el paraguas, a pesar de que ese día brilla el sol, tampoco sobra en Goslar.

    Las casas de entramado de madera se salpican entre las serpenteantes callejuelas medievales. A cada cual más bella. Dependiendo de la importancia social de sus propietarios algunas exhiben una ornamentación que habla de la historia de la ciudad.

    Un buen ejemplo es el hotel Boerse, un edificio del s. XVI de estilo renacentista en el que aparece la inscripción del constructor Magnus Karsten coronada por un rosetón completo con nombre, escudo, fecha y estrellas a diferencia de los medio rosetones que adornan el resto de la fachada. Frente al hotel aparece un caserón magnífico que ocupa prácticamente una manzana.

    La Casa Siemens, de ladrillo rojo y entramado de madera data del s. XVII cuando la mandó construir el antepasado de los que hoy dirigen una de las marcas más famosas de electrónica. Allí se siguen reuniendo una vez al año los miembros de la numerosa familia para pasar unos días.

    En la zona visitable verás unos cuidados patio y jardín y el testimonio de lo que fue una destiladora de cerveza, ya que, como otras cuatrocientas casas de la ciudad, la de los Siemens tenía permiso de elaborar su propia cerveza, más saludable que la dudosa agua de aquel entonces.

    La ciudad creció al amparo y la riqueza de las minas de Rammelsberg, de las que se extrajo cobre, zinc, hierro, plomo y hasta plata y oro durante más de mil años. Motivo que le hizo ser un enclave privilegiado de comercio y merecer el título de Ciudad Imperial de la Liga Hanseática.

    De hecho, su Palacio Imperial, levantado en 1040 bajo el reinado de Enrique II el Santo, testimonia la época de esplendor político de Goslar y se convierte en el edificio secular mejor conservado desde el s. XI al norte de los Alpes y lugar de numerosos encuentros del reinado y su corte durante los años de gloria.

    ARTE Y TRADICIÓN EN LAS CALLES DE GOSLAR

    Durante el paseo del hotel al palacio todo es agradable, la brisa primaveral y esa calidad de vida que se respira en la calle. Las casas de todos los estilos; gótico, románico, renacentista, barroco, están divinamente preservadas, desde las grandes mansiones hasta las de los mineros.

    Se pasa por la Plaza de los Zapateros, un gremio de importancia, donde hoy se asienta la farmacia y un acogedor restaurante italiano con buen café y helados. Desde allí se contempla parte de la Iglesia del Mercado de San Cosme y San Damián, de credo evangélico luterano, famosa por lo espectacular de sus vidrieras.

    Hotel Kaiserworth

    A la vuelta de la esquina está la Plaza del Mercado. La gente disfruta del buen tiempo sentada en los cafés, haciendo fotos a la fuente Marktbrunnen que culmina en el águila dorada imperial, símbolo de Goslar, mirando al ayuntamiento del s. XV. Rompe la hegemonía de los colores habituales que visten la plaza el rosa asalmonado de lo que fue la Casa Gremial, hoy hotel Kaiserworth, así pintada por influencia italiana.

    Curiosas estatuas y motivos la decoran, como aquel hombrecillo desnudo en una posición comprometedora del que brotan monedas de plata, simbolizando la mucha plata que extraían de las minas durante el reinado de Enrique II.

    Tiendas y bancos de la calle están protagonizados por graciosas brujas de trapo, de barro, ya que días antes de nuestro viaje se ha celebrado La noche de Walpurgis, que da por finalizado el invierno y abraza la primavera. Érase una vez… los dioses paganos de Woden y Walpurga y las brujas que flirteaban con los demonios en la cima del Brocken, el monte más alto de la cordillera Harz.

    Figuras diabólicas y sonidos endiablados –en los que se inspiró Goethe durante su visita a los Harz en 1777 para Fausto– se escuchaban y se siguen escuchando en las noches invernales de Goslar. Hasta que la última noche de abril, la ciudad se disfraza de los satánicos personajes, suben al Brocken y, entre cerveza de Goslar y pitanzas de la zona, los conjuran, para que desaparezcan hasta el siguiente invierno.

    Entre las calles medievales aparecen significantes obras de arte moderno. Tal es el caso de la Cabeza con Clavos de Rainer Kriester, situada al lado del Ayuntamiento, o los muchos marcos férreos que se encuentran por Goslar, enmarcando piedras gigantes de mineral, en recuerdo a esas minas que dieron su razón de ser a la ciudad sajona.

    ENTRE HARLEY-DAVISON, LAMBORGHINI Y CANALES

    De camino hacia el Palacio Imperial hay que andar con cuidado para no perderse los pequeños canales que cruzan Goslar, adornados por esculturas modernas, tiendas de artesanía y galerías en sus orillas. Ni los patios escondidos con talleres, como el estudio de cristal Pfeifer en la calle Hoher Weg 7, vecino de La Santa Cruz, que fue en el s. XIII un refugio para enfermos, huérfanos y también peregrinos.

    Hoy, ocho de sus pequeñas habitaciones albergan una serie de tiendas con todo tipo de artesanía. De pronto se percibe un sonido diferente que responde a la ristra de Harley-Davidson que cruzan la silenciosa calle en ruta hacia el Palacio Imperial, pasan por lo llamada Catedral de Goslar, parte del Palacio Imperial, dedicada a San Simón y San Judas,  y aminoran su marcha para contemplar las esculturas ecuestres que coronan el palacio y representan a Federico Barbarroja y a Guillermo el Grande.

    Puertas adentro llaman la atención los murales del pintor histórico Hermann Wislicenus, un icono de las tradiciones medievales de la Pequeña Alemania establecida en 1871. Desde los jardines del palacio se contempla una bonita panorámica de Goslar, sus torreones y esos tejados que durante la Segunda Guerra Mundial, al ser de pizarra negra, se escondían de las bombas, gracias también a que la población tenía a gala no encender las luces. Por ello sobrevivió intacta a los ataques.

    Apetitosos aromas se escapan de los restaurantes. Es hora de probar la cerveza oriunda de Goslar, la trucha recién pescada o algunos de los ricos platos regionales de Brauhaus. Al salir,  una nueva sorpresa automovilística sustituye a la de las Harley-Davidson por una serie de Lamborghini de todos los colores que se dirigen a su reunión en el Club Lamborghini de Goslar.

    TIERRA ADENTRO

    Apenas a tres kilómetros de Goslar se encuentran la que fue una de las explotaciones mineras más importantes del mundo, las minas de Rammelsberg (montaña de cobre). Tras mil años de funcionamiento ininterrumpido, en 1988 se cerraron cuando ya no quedaba mineral por extraer. Fue entonces cuando se convirtieron en un didáctico museo que comienza en el en el patio de la fábrica donde el Doctor Martin Wetzel espera para guiar el recorrido, vestido a la antigua usanza minera.

    Minas de Rammelsberg

    Tras los saludos y explicaciones pertinentes, conduce a las visitas a un almacén de cuyo techo cuelga lo que fue el equipo de los mineros; pantalones, botas, cascos. En la sala de lámparas se observa el paso del tiempo dentro de la mina, desde cuando utilizaban lamparillas de aceite para alumbrar los túneles, a las últimas eléctricas.

    La estancia de sueldos mantiene esa caja registradora que hace cerrar los ojos e imaginar por un momento la cola de los mineros recién salidos de las entrañas de la mina, cuando recibían el jornal, y sus mujeres esperaban a la entrada para que se lo entregaran antes de que se fueran a la taberna a celebrarlo.

    Llega el momento de entrar en la mina, no sin antes calzarse el casco y  escuchar con atención los consejos del Dr. Wetzel: no separarse del convoy, tener cuidado con el techo y, sobre todo, no agarrarse a las paredes, que aún guardan mineral y puede ser tóxico.

    Túneles oscuros, en los que de cuando en cuando se refleja el brillo turquesa, violeta, amarillento, del zinc, plomo y hierro que aún les viste, se van abriendo al paso de los espectadores y sus paredes hablan de los hombres que durante siglos habitaron las entrañas de la tierra extrayendo su sangre mineral.

    Según avanzaba la tecnología, se ayudaban por el impresionante sistema hidráulico creado por el ingeniero Johann Cristoff Roeder en 1800, cuyos molinos, ruedas gigantes de madera dispersas por las galerías y empujadas por agua, se encargaban de la extracción de agua y mineral.

    La central eléctrica y la sala de turbinas que datan de 1906 sustituyeron al túnel de Roeder como sistema energético, sirviéndose del agua de la presa cercana. Aquellos que visiten la mina pueden elegir entre varios tipos de aventura: el recorrido por el túnel de Roeder, retroceder a la edad media en el túnel de Rathstiefste o aprender sobre el procesamiento del mineral.

    LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE

    La historia de las minas de Rammelsberg está íntimamente unida al sistema de gestión hidráulica del Alto Harz, compuesto por una serie de embalses, presas y diques construidos entre los s. XVI y XIX para conducir y almacenar el agua de las norias de las minas de Rammelsberg.  Acumuladores de energía que suministraban agua motriz para la explotación del mineral, bombas, y finalmente transporte de personas.

    Es revelador dar un paseo por la zona, que cuenta con 310 kilómetros de diques, 30 cursos de agua y 107 estanques, de los cuales 63 aún se usan para proveer energía, agua potable o simplemente para nadar en ellos.  Sin embargo,  dentro de este paisaje de siglos, hay un nuevo componente que tiene que ver con los tiempos que corren.

    Miles de abetos fantasmales, blancos y secos, aún se mantienen en pie antes de caer, víctimas del escarabajo de la corteza que se multiplica por culpa del calentamiento global y que, especialmente en la región de Harz, ha causado auténticos estragos.

    Cantidad de voluntarios acuden a limpiar el bosque de los arboles muertos y a replantar con otro tipo de árboles que sustituyan las vastas áreas de monocultivo de pinos y que harán del bosque alemán otro muy diferente al que de siempre vistió su suelo.

     

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